Fueron durante siglos una unidad étnica socialmente marginada, llegando a formar un grupo diferenciado social, cultural y económico.

La aparición de los vaqueiros es difícil de precisar, pero las fuentes que nos han llegado parecen apuntar hacia una compleja situación, fruto de la expansión ganadera durante los siglos XI, XII, XIII y XIV en Asturias y de una progresiva decadencia posteriormente, donde se plantea una lucha por las zonas de pasto, tanto de las altas brañas como por las zonas medias o bajas.

Son muchos los autores que a lo largo de la historia han hecho referencia a los llamados vaqueiros de alzada, sus costumbres, su cultura, su forma de comunicarse y reconocerse, sus rasgos físicos, sus actividades económicas y hasta su posición mental ante la vida. Ya en el siglo XVIII Jovellanos les dedica varios escritos y, actualmente, también se conserva una bibliografía interesante, como “Los vaqueiros de alzada”, de Ramón Baragaño, y “Los vaqueiros de alzada”, de Bernardo Acevedo y Huelves, por citar algunos autores.

Ramón Menéndez Pidal (1869-1968), por ejemplo, dice: “(…) Los vaqueiros de alzada, en las tierras bajas del occidente de Asturias, son, o eran hasta hace muy poco, igualmente que los pasiegos, un pueblo de trashumancia en radio corto, y formaban, como los pasiegos, un cuerpo extraño en Asturias. Vivían durante el invierno en las pobres cabañas o chozas que hay en las brañas, esto es, en los pastos de la parte alta de los valles de estas tierras marítimas o bajas (en la parte baja de los valles estaban las aldeas de los labriegos), y por el verano trashumaban con sus ganados a las alzadas o pastos situados en los puertos de la cordillera Cantábrica. Se conceptuaban, lo mismo en las brañas que en las alzadas, “como extranjeros y viandantes y no vecinos”, según se dice en un pleito de 1527, y todavía en 1752 el ministro de Fernando VI, marqués de la Ensenada, ordenaba que se apremiase a los muchos vaqueiros de Asturias que vivían sin residencia fija, sin entrar en los sorteos de quintas para el Ejército ni pagar tributos, y se les obligase a empadronarse, o en las brañas de la marina donde pasan el invierno, o en las casas de los montes donde pasan el verano. Como, a diferencia de los pasiegos, no ocupan unos valles particularmente suyos, sino que viven pasajeramente entremezclados en el mismo valle con el resto de los asturianos, su extrañeza y apartamiento se mostraba de modo más violento. En 1930 me decían en Luarca que, todavía unos setenta años atrás, existía la separación de la iglesia, mediante una baranda o viga que no dejaba pasar a los vaqueiros de junto a la puerta de entrada, mientras los aldeanos se colocaban adelante junto al altar, y que en el cementerio se enterraba a los vaqueiros en lugar aparte; era gente que no pertenecía al vecindario, gente “extranjera y viandante”, circunstancia hoy muy desatendida, pero que debe tenerse en cuenta para no juzgar con la severidad habitual el que se los separase en la iglesia, y no se les permitiese en las procesiones llevar las andas de las santas imágenes de la parroquia. Verdad es que esta separación vecinal ya resulta muy anticristiana en el cementerio, aunque lo consideremos humorísticamente como “el barrio de los calvos” anejo a toda parroquia. Lo mismo que los pasiegos, los vaqueiros se distinguen, o se distinguían, de los xaldos, o aldeanos labriegos, por no usar el carro, que no necesitaban, pues en su trashumancia trasportaban los enseres y hasta la cuna de crío entre las astas de los bueyes o a lomo de caballos; se distinguían, a la vez, por calzar abarcas, corizas; se diferenciaban también por ser arrieros, traficantes además de ganaderos.
Igualmente para los vaqueiros, como para los pasiegos, se buscaron orígenes de gentes vencidas, haciéndolos descendientes de los esclavos rebelados contra sus dueños y sometidos en tiempos del rey Aurelio; o descendientes de esclavos romanos o de moriscos de Granada. Jovellanos rechaza todo eso y se inclina al origen maragato; Acevedo Huelves rechaza también el que los vaqueiros fuesen normandos vencidos, y divaga ampliamente buscando un origen celta. Pero aquí se nos impone una consideración lingüística, dado que los vaqueiros se distinguen, como los pasiegos, por un rasgo especial de su habla.
Jovellanos escribía que “la lengua de los vaqueiros es enteramente la misma que la de todo el pueblo de Asturias; (…) alguna diferencia en la pronunciación de tal o cual sílaba, algún que otro modismo, frase o locución peculiar a ellos, son señales tan pequeñas que se pierden de vista en la inmensidad de una lengua y no merecen la atención del curioso observador”.
Extraído del libro “Asturias vista por viajeros románticos extranjeros y otros visitantes y cronistas famosos”, José Antonio Mases.


Actualmente todavía quedan vaqueiros, herederos de aquellos llamados de alzada, en algunas zonas del occidente y centro de Asturias. La investigación de sus tradiciones y forma de vida les llena de orgullo. Ahora todos quieren ser vaqueiros, como reclaman algunos viejos vaqueiros somedanos, recordando las historias de sus padres, que vivieron la marginación y aun ellos mismos también.

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