La desaparición de especies puede suponer la pérdida de la maravillosa diversidad de los ecosistemas naturales.

 

La actividad humana está acelerando un ritmo de extinción espectacular, propiciando la mayor crisis desde la desaparición de los dinosaurios hace sesenta y cinco millones de años. 

La palabra biodiversidad se acuñó en ambientes científicos para definir la riqueza de especies vegetales y animales en los ecosistemas, así como su frecuencia de aparición en relación con la abundancia. A partir de entonces, en pocos años este concepto científico ha ido prestando su contenido a múltiples facetas del conocimiento y del desarrollo socioeconómico, de tal manera que bajo esta palabra se indican enunciados con muchos matices. Las propiedades multiusos del vocablo derivan del conjunto de nociones que lleva aparejadas la biodiversidad. 

En ecología de sistemas, se comprobó que el incremento de la biodiversidad en un determinado hábitat conducía a una mayor estabilidad del mismo y viceversa, los ecosistemas con mayor estabilidad y valor ecológico presentaban mayores valores de biodiversidad. Por lo tanto, la biodiversidad se corresponde con la riqueza ecológica de un sistema cualquiera. A partir de aquí, el concepto de biodiversidad se introdujo en las reclamaciones del movimiento ecologista, como objetivo a conseguir o situación a resguardar. 

Siendo exponente de una situación positiva, la biodiversidad se plantea como herramienta de trabajo en el ámbito del desarrollo sostenible, en el uso de los recursos genéticos, en el respeto de las minorías étnicas. De hecho, todos los programas elaborados para el mantenimiento de la biodiversidad natural están íntimamente ligados a las estrategias del desarrollo sostenible, protocolos de bioseguridad y planes de desarrollo social. Y es que el pensamiento, la idea que transmite el concepto de biodiversidad, y por el cual está siendo adaptado a todas las esferas del saber humano, es el hecho de que todas las partes de un todo son necesarias en una profunda interrelación, de tal manera que si se modifica una de ellas, se modifica el todo.

Por este motivo, cuando la investigación científica fue conociendo e ilustrando el funcionamiento de los ecosistemas, la biodiversidad se constituyó en pieza clave, no solo de la comprensión científica, sino del paradigma de la relación de nuestra civilización con la Naturaleza. 

Preguntarse por la utilidad de la biodiversidad es lo mismo que preguntarse para qué sirven los ecosistemas naturales. Podemos distinguir entre criterios utilitaristas y criterios éticos. Con respecto a los primeros, no debemos olvidar que los recursos biológicos están en la base de la civilización, desde la domesticación de especies para la agricultura y ganadería, en los albores de la Humanidad, hasta el empleo de sustancias activas para la obtención de medicamentos o, recientemente, el empleo de los genes en la novísima biotecnología genética.

Cada día se es más consciente del valor de la diversidad biológica como expresión del código genético. En este sentido, se conocen cifras muy significativas: de las 350.000 especies de plantas catalogadas hasta el momento, 21.000 han sido identificadas para usos medicinales y 7000 han sido cultivadas alguna vez por el hombre, lo que proporciona una idea del potencial que todavía queda. 

La biodiversidad biológica debe preservarse también por razones de carácter ético y científico. Cada organismo es, en sí mismo, la historia única e irrepetible de un largo proceso vital. La extinción o desaparición de una especie supone una pérdida irreversible e irreparable. Desde el punto de vista científico, la desaparición de especies supone la creación de agujeros o rotos en esa delicada malla de relaciones ecológicas que define a la comunidad y, por consiguiente, afecta a la estabilidad y persistencia del conjunto entero.

Ninguna especie es un adorno gratuito del que podamos prescindir sin consecuencias. 

El actual sistema de crecimiento económico, que extrae los recursos naturales a una tasa mucho mayor que su regeneración, que intoxica y degrada los ecosistemas naturales con una cantidad de contaminantes superior a la que pueden tolerar y en el que los efectos ambientales no se contabilizan como gastos o beneficios, el crecimiento insostenible en suma, está produciendo un empobrecimiento paulatino de los ecosistemas, con desaparición y merma de especies.

Sobre la base de las tendencias actuales, una cantidad estimada en 34.000 plantas y 5200 especies animales estarían en peligro de extinción. Esta rápida desaparición se está produciendo en animales muy populares o emblemáticos, como son los felinos, aves rapaces o cetáceos, para cuya salvación se destinan gran cantidad de fondos públicos y privados, pero también en miles de especies anónimas de plantas e invertebrados. Además, se estima que muchas especies desaparecen (en ecosistemas de alta diversidad sometidos a destrucción) sin haber sido descubiertas. 

El empobrecimiento no solo se está produciendo en los hábitats naturales, sino también entre las especies y variedades domesticadas. Cerca del 30% de los animales y plantas de granja se encuentran en trance de desaparición, con la consiguiente pérdida de variabilidad genética, adaptada a condiciones de cultivo o explotación particulares.

Esta pérdida de diversidad alcanza a los miroorganismos: cantidad de cepas de levaduras y bacterias, muchas de ellas empleadas en productos elaborados, se encuentran en desaparición tras la industrialización de la producción de alimentos. 

Pero el proceso más serio y preocupante no es la desaparición en sí de las especies, sino la fragmentación de los ecosistemas, que dificulta e imposibilita la supervivencia y recuperación de muchas especies. La elevada tasa de extracción de recursos naturales hace que se roture cada vez mayor cantidad de superficie ocupada por ecosistemas naturales, quedando rodales aislados de vegetación que impiden una regeneración de las comunidades afectadas. Por este motivo, la tendencia en cuanto a la conservación de la biodiversidad, no son tanto los programas de conservación dirigidos a especies concretas sino a ecosistemas completos, potenciando la creación de espacios protegidos (Parques Nacionales, Reservas de la Biosfera, etc.). 

La pérdida de la diversidad biológica con frecuencia reduce la productividad de los ecosistemas y, de esta manera, disminuye la oferta de bienes y servicios que nos ofrece la Naturaleza. Ello desestabiliza los ecosistemas y debilita su capacidad para hacer frente a cambios y alteraciones climáticas. La reducción de la biodiversidad también afecta de otras maneras. Nuestra identidad cultural está profundamente arraigada en nuestro entorno biológico. Las plantas y los animales que nos rodean son los símbolos de nuestro mundo, y los incorporamos a la iconografía que define a nuestra sociedad. Extraemos nuestra inspiración directamente de los ecosistemas que nos rodean. La actividad humana, en fin, está acelerando un ritmo de extinción de forma espectacular, propiciando la mayor crisis de extinción desde el desastre natural que hizo desaparecer a los dinosaurios hace sesenta y cinco millones de años. 

La incorporación definitiva del concepto de biodiversidad al ámbito socioeconómico vino de la mano de la Conferencia de las Naciones Unidas sobre el Medio Ambiente y el Desarrollo, celebrada en Río de Janeiro en 1992, en la que se vinculó el respeto a la biodiversidad natural con el desarrollo sostenible y justo de la sociedad. En esta Cumbre de la Tierra en la que se reunieron más de ciento setenta representaciones estatales, se aprobaron cuatro documentos, de los que presentan interés para la diversidad biológica dos de ellos: la Agenda o Programa 21 y el Convenio sobre la Diversidad Biológica (CDB), este último, con carácter jurídicamente vinculante, y ratificado por más de 175 Gobiernos.  

El CDB tiene tres metas fundamentales:

a) la conservación de la diversidad biológica

b) la utilización sostenible de los componentes de la diversidad biológica

c) la participación justa y equitativa en los beneficios derivados de la utilización comercial y de otro tipo de los recursos genéticos.

El CDB contiene metas de gran alcance, y aborda la cuestión fundamental del futuro de la Humanidad, por lo que constituye un hito en el derecho internacional. Reconoce por primera vez que la conservación de la diversidad biológica es una preocupación común para la Humanidad y forma parte del proceso de desarrollo. El CDB abarca todos los ecosistemas, especies y recursos genéticos y, lo que es más importante, es jurídicamente vinculante, y los países que lo han adoptado están obligados a cumplir sus disposiciones.

En lo estrictamente referente a la conservación, se plantea una complementariedad entre dos modalidades fundamentales: conservación in situ y  ex situ. 

La conservación in situ implica la conservación de las especies en el ecosistema original, preservando las relaciones interespecíficas. Aquí se incluyen los usos tradicionales de los recursos por parte de las comunidades humanas, así como las culturas indígenas. 

La conservación ex situ supone un tipo de medidas in extremis para preservar la viabilidad genética de las especies en peligro de extinción, mediante recolección de individuos para programas de reproducción, bancos de semillas, germoplasma, etc. Cada parte contratante del CDB debe elaborar estrategias, planes o programas nacionales para la conservación y utilización sostenible de los recursos biológicos.

Además, estas estrategias deben integrarse en los planes y políticas sectoriales de cada país. Las comunidades locales tienen una función esencial, pues son los verdaderos administradores, en muchos casos, de los recursos naturales. 

Por último, al final, quien decide en materia de diversidad biológica debe ser el ciudadano. Para ello hace falta suficiente formación e información, a fin de hacer la elección adecuada. Si las pequeñas decisiones que adopta cada individuo se suman, pueden producirse importantes cambios, con repercusiones en la dirección de los procesos de producción, pues, en definitiva, el consumo personal es el motor del desarrollo. Si se hace un consumo responsable y dirigido a las necesidades reales de cada uno, podemos comenzar a guiar al mundo hacia el desarrollo sostenible.

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