Al igual que la mayoría de los pueblos, el origen de Asturias se pierde en la noche de los tiempos, y las primeras páginas de su Historia están entre nieblas, como lo están sus altas cumbres.

Para no interpretar hechos y darles un nuevo matiz equivocado, vamos a beber en las fuentes primeras de donde brota la historia.
De la historia de Gijón, la antigua Gigia o Niega, apenas nos quedan algunos textos que hacen mención de lo acaecido en esta villa en tiempos pasados.
Gigia, según las crónicas, era, junto con Lancia, la ciudad más importante de los astures.

Dicen los historiadores romanos: “Esta tierra se encuentra fortificada por poderosos elementos naturales, montañas de agreste relieve y un mar poderoso que golpea contra sus costas. Toda esta tierra es de exuberante belleza, donde late un torbellino de lucha constante, un continuo manantial de vida, que nace de las entrañas mismas de la tierra y de las aguas que la fecundan. Desde los helados vientos de las cumbres nevadas hasta los tibios vientos húmedos de los valles y las costas, desde los saltarines ríos hasta los solitarios acantilados donde el mar se esfuerza por arrancar con cada golpe de su aliento un pedazo de las rocas, se nota la fuerza de una presencia que vive en cada rincón”.

Hallamos por primera vez mención de estas tierras en Plinio. Este relata que llegaron del mar unos enigmáticos hombres que absorbieron a los habitantes que allí vivían. Los recién llegados fueron llamados los “hombres serpientes”, y según el mismo cronista, tenían un enigmático culto y su correspondiente símbolo era un hacha de doble filo.

Los restos que nos quedan de aquellos tiempos son estructuras megalíticas. En Asturias reciben el nombre de mámoas o mámulas, ya sea por la forma semiesférica de algunas recordando un pecho de mujer, o por las inscripciones y dibujos que se asemejan a ídolos representativos de “madres”. También reciben el nombre de “cuturullos”.

Cada megalito compone una arquitectura que parece concebida precisamente para llamar la atención en su entorno y que contrasta con la supuesta débil construcción llamada de los “vivos”. El interés que se despierta de su estudio no se agota en su destino (funerario, simbólico, religioso, mágico y místico en definitiva). Nos asaltan inquietantes preguntas sobre estas sociedades megalíticas; tan solo tenemos respuestas sin palabras, mensajes estáticos y fríos encerrando en su corazón pétreo la vida de lo secreto y mágico.

Los cronistas e historiadores romanos dicen de los habitantes de estas tierras que eran gentes de indómito valor; jamás doblaron la cerviz ante el enemigo ni fueron domados por palabras engañosas. Según Estrabón, “la nación más valiente en las que se dividía España era indudablemente la de los astures”.
El célebre poeta épico español Silo Itálico, historiador y geógrafo, presenta el origen del nombre y nación de los astures: después de la destrucción de Troya, el griego Astyr fue conducido por las lágrimas de la diosa Aurora a este país tan remoto del suyo, y se estableció con sus compañeros en un río que, de su nombre, se llamó Ástura (actual Esla).
Pero, aunque se adopte este poético origen griego del nombre de Asturias, no puede dudarse que Astyr y sus compañeros encontraron ya en aquel país habitantes que pertenecían a la raza escita.

Lucio Floro nos dice que la región astur era extremadamente montañosa, y que se hallaba dividida en diferentes naciones o repúblicas, como los brigecios, los bedunenses, los arniacos, los lungones, los saelinos, los superacios, los amacos, los tiburros, los gigurros, paesicos y los coelas, con lo que convienen también Plinio y Tolomeo.

Estrabón afirma que la sociedad astur estaba formada por “gentilicias”, es decir, individuos o grupos que compartían un parentesco en mayor o menor grado, y tenían sus propias tierras y ganado de propiedad comunitaria, sus propios dioses protectores, ritos y ceremonias.

Estas sociedades reservaban un papel preponderante a la mujer. Las hijas heredaban los bienes, y el varón era el que tenía que aportar la dote al matrimonio. Estos rasgos de tipo matriarcal conviven con otros que ya indican la transición de estos pueblos hacia la sociedad patriarcal, proceso que se aceleró después de la conquista romana. También relata Estrabón que tenían una poesía épica muy desarrollada, composiciones transmitidas por tradición oral, declamadas en las ocasiones solemnes por una especie de bardos.

Los aspectos más importantes de estos pueblos eran la religión y la guerra. En las fiestas bailaban al son de una flauta y trompetas, y en las noches de plenilunio se celebraban grandes danzas en las que intervenían todos los habitantes del poblado, danzas religiosas en honor a un Dios desconocido, cuyo nombre no podía ser pronunciado.

Rendían culto a la Naturaleza, a las fuerzas y potencias telúricas de la tierra, una Naturaleza viva a la que estos pueblos estaban íntimamente unidos.
También mencionan los antiguos cronistas que eran un pueblo feliz, risueño y alegre, y expresaban su felicidad realizando fiestas y reuniones donde se unían todo el poblado y compartían danzas, bailes, cantos y narraciones de hechos heroicos.

Era pasmosa su destreza en disponer emboscadas y en adivinar y eludir los lazos que se les tendían. Eran robustos, ágiles y sueltos, ejecutaban sus evoluciones guerreras con rapidez y orden.

Tenían una danza guerrera en la que los hombres, asidos de las manos, empuñaban la lanza y formaban un gran círculo, acompañándose entonces de canciones belicosas, en las que se referían a las grandes hazañas de los héroes, y acababan por formar un simulacro de batalla.
Según Josefo, general romano, “los astures son guerreros hasta el delirio”. Así que cuando llega Roma con su poder civilizatorio, se encuentra con un pueblo difícil de someter. Tanto los hombres como las mujeres sostuvieron una lucha desesperada contra las legiones romanas.
Las deserciones romanas se multiplicaron, viéndose el césar en la triste misión de marcar con el estigma de “cobarde” a toda una legión Augusta, haciéndole perder el honor que había conquistado en lejanas tierras.
Profundamente disgustado Augusto por estas dificultades, en el 22 a. C., nombró al frente del ejército que luchaba contra los astures al general C. Antistio, y este logró conseguir finalmente la victoria.

Agobiados por tantos reveses, los astures se refugiaron en el monte Medulio, y allí fueron a buscarles los ejércitos de Carissio y Furio, que a fin de imposibilitarles la fuga rodearon la montaña con un gran foso en cuya construcción se empleó bastante tiempo.
Reducidos entonces los astures al último grado de estrechez, prefirieron sucumbir antes que rendirse. En efecto, después de incendiar fortuna y hogares, unos se arrojaron a las llamas, y otros, después de consumir en un festín las muy escasas provisiones con que en extremada penuria aún contaban, se envenenaron con jugo de rama de tejo; así es que fueron escasísimos los que quedaron prisioneros. Las mujeres mataron a sus hijos antes de que cayeran en manos de sus enemigos. Relatan varios autores que aun crucificados cantaban alegres canciones de victoria.

Si Gijón fue ciudad o villa tampoco está bien demostrado, pues al paso que los autores antiguos le conceden la primera categoría, los modernos le adjudican la segunda. En cuanto a su fundación, de acuerdo todos los historiadores en considerarla como población de gran importancia al advenimiento de Augusto César, discrepan en lo relativo a su origen primitivo.

Un crónica de Melafón, historiador del año 200 a. C., dice así: “Costeando la ribera del mar del Norte se ven fértiles valles, y en ellos, algunas poblaciones; de estas, es la ciudad de Gigia la más conocida, colocada sobre la eminencia de un cerro, casi rodeada de mar en el centro de una ensenada, que este forma entre dos puntas: al oriente es una costa inquieta y brava, pero al occidente es una playa pacífica, una concha segura y un fondeadero abrigado, donde se afianzan las naves de Cartago y otras naciones que comercian con esta ciudad, que por la parte del mediodía domina una campiña muy fértil y deliciosa”.
Hay quien sostiene que la fundación de Gijón se debe al famoso rey Gerión, cuya existencia y la de su dinastía por esta tierra atestiguan algunos manuscritos, según afirma P. Sota en sus Crónicas de Asturias.
Las ciudades más importantes antes de la conquista romana eran Gigia y Lancia. Según los historiadores romanos, en torno a Gigia se extendía un bosque sagrado en el que sus habitantes se reunían en días determinados para celebrar los misteriosos ritos de una religión desconocida, que algunos opinan que fue la de los druidas, aunque otros afirman que adoraban a un Dios Creador único, entonando en su obsequio cantos de amor al Sol, la Luna y las estrellas.
Las antiguas costumbres de los habitantes de esta ciudad son tan semejantes a las de los primitivos escitas que no sin fundamento se emite la opinión de que eran descendientes de aquella raza asiática.
Estos antiguos gijonenses se dedicaban principalmente a la ganadería; criaban sobre todo bueyes, vacas y cerdos. También los caballos estaban sumamente extendidos, según el testimonio de Estrabón, Marcial, Séneca y otros escritores; su hermosura y agilidad resaltaban en algo grado y eran muy apreciados por los romanos, que los llamaban asturcones.
Más tardíamente se dedicaron a la metalurgia del hierro, plata y oro. El P. Mariana, en su Historia de España, en el capítulo dedicado a Gijón afirma: “Almílcar y Gisjón, nietos de Magón, se hicieron al mar de orden del Senado de Cartago, a descubrir nuevos rumbos y costas. Almíbar se fue hacia América. Gisjón vino a Gijón y construyó en él un almacén, castillo o fortaleza con pretexto de proteger su comercio”. Hay quienes dando fe al relato del jesuita creen que Gijón fue fundada por los cartagineses. Esta opinión se refuta con suma facilidad, pues Gijón es parte integrante del país de los astures y está bien demostrado que estos se mantuvieron independientes hasta los tiempos de Augusto, ¿cómo creer en la dominación de Cartago?
En nuestra opinión, es probable que algunos comerciantes cartagineses, atraídos por las excelencias de un país fértil y rico, llegaran a Gijón con ánimo de establecerse, y que pasado algún tiempo se confundieran con el resto de sus habitantes. Parece ser que los fenicios, cartagineses y otras naciones comerciaban con los astures en el puerto de Gijón, unos y otros atraídos por los ricos metales, la abundancia de madera y la exquisita calidad de las piedras de sus canteras. Grande debe de haber sido el esplendor de Gijón durante la época romana; así lo atestiguan numerosas ruinas y vestigios que aún se conservan.

Consideró el Senado romano la conquista de Gijón como una de las más insignes victorias que alcanzaron sus armas, otorgando los honores del triunfo a Sesteo Apuleyo, merced tan señalada que solo se concedía por hechos memorables. En agradecimiento, Apuleyo erigió un monumento para señalar su victoria y el último límite de Roma en el océano, dedicado a Júpiter, cerca del fondeadero de Torres, donde había estado con su escuadra cuando sucedió la toma de Gijón. Plinio, efectivamente, afirma: “En la península hay tres aras sestianas dedicadas en honor de Augusto”. Pomponio Mela también las describe. Estas tres aras, según el P. Mariana, eran tres grandes pirámides parecidas a las de Egipto, huecas, con escaleras de caracol, que llegaban hasta la cumbre.
Hoy no quedan casi señales de su grandeza pasada, ya que en diversas ocasiones la ciudad sufrió grandes incendios, quedando arrasada, aunque nuevamente se levantó de entre sus cenizas una y otra vez.
Hoy Gijón es una bonita ciudad costera, que guarda en sus entrañas viejas historias de tiempos pasados.

Elvira Collado

Bibliografía
“Historia de España”. P. Mariana.
“Los pueblos de España”. Julio Caro Baroja.
“La mitología asturiana”. C. Cabal.
“Astures”. Asociación Astures.
“Gijón en la Historia general de Asturias”. Julio Somoza.
“Historia de la villa de Gijón”. D. Estanislao Rendueles Llanos.

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